Otoño

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Surca un pensamiento tórrido el sentir con una suave brisa que yerta sacude el corazón, aire helado que en su andar arrastra pensamientos que se confunden entre luciérnagas que palpitan en la nada como recuerdo; lugares inhóspitos de evocaciones envenenadas que campean entre noches, amaneceres y alboradas, que en su refulgencia van dejando evidencia de los despojos de un esplendor que se ha enterrado en el horizonte.

Algunas hojas matizadas se resisten a esa suave brisa colmada de desidia, hojas desgastadas y maltrechas aferradas al árbol de la existencia tras la agonía de un efímero verano, algunos pétalos marchitos y enmohecidos permanecen ligados a sus botones de rosa ante el curso del sutil olvido, madurez sensata de la vida, abandono y expiración de sentimientos ideales.

La quietud y el sosiego retornan en un nubarrón henchido de quimeras, caminan tomados de la mano detrás de la suave brisa de mis pensamientos, tranquilidad sometida, ansiedad hincada completamente, encadenada, apaleada y rendida ante la realidad de la vida, una aceptación impuesta, un contexto menos ideal.

Las reyertas se rescinden, las armas se dejan, ya sólo llamean de carmín los arces; el último combatiente ha depuesto sus escudos, se ha rendido ante la muerte del estandarte que colmara su espectro y avivara su lucha; ha desfallecido en aquellos bosques el verde vivo de los árboles y el sentimiento que fuese seductor de la primavera, el sabor mismo de la disputa  jamás se encuentra y se deslié en el fugaz olvido.

La vida va transcurriendo sin sentires, sin percatarse si aún ostenta compañía; rutina  indiferente y muda que se detiene ante un reclamo infundado; una apatía indolente deambula caminando con el mentón altivo, mientras ciertos ambientes pasan en esta realidad poco profunda y trémula, como ese caudal de pasiones que lentamente se congela.

Rosa persistente, gota de sangre en la nieve que apenas aparece, última mancha de carmesí  que lentamente se desvanece entre hojas que crujen en cada paso del tiempo, entre el frío incesante y la soledad. Finalmente se vence la última flor ante un rocío de copos de nieve que flotan en el aire, acumulados por el viento que silba con un susurro que no castra el silencio, ha muerto el carmesí ahogado por la blanca nieve, se ha ahogado el grana que sus labios cautivara.

El sosiego se encarna en todo cuanto envuelve, y soy el árbol que en otoño se despoja de sus hojas, desnudo, desértico, vacío y solitario, como el león herido y sin manada en medio del desierto, inseguro ante la existencia que no imagine, nuevo contexto que suscita un reclamo a la vida que hace caso omiso mientras me abraza.

La paz retorna en su barco de mil colores, mi pincel es nuevamente albo y yo aguardo el invierno entre gotas que no son lluvia, entre la primavera que me sorprende en medio de este otoño que me va renovando un sentimiento.

David Felipe Morales

21 de Febrero de 2013

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