La Lectura

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Fascinación, encanto, breve estela de lo desconocido, neblina que colma mi espectro, visión que yace atiborrada por el contradictorio trasegar de los días, nace en tu aparición repentina una nueva definición de belleza, surge tras cada palabra un sortilegio inexplicablemente placentero, embriaguez de mis sentires con tu aliento, razón extasiada por tu palabra, nueva inspiración germina en tu cauda, musa donde no había sospecha que existiera, obra que siempre quise leer y que ahora fascina con la pura introducción, silencio que no se nos permite, mutismo para contemplarte exclusivamente, mirada perdida cavilando sobre los tesoros que para mí escondes, mírame desafiando tu razón, provocándome los instintos con tus piernas afiladas, con tu opalina piel, sentir de duelo y de angustia que encuentra su ocaso en una sonrisa que se te escapa.

Ahora quiero más, no me culpes, quiero leerte en una sola jornada y releerte cuantas veces me lo permitas, pero hoja por hoja, renglón por renglón, letra a letra, con tal cautela que me aprenda uno a uno tus fragmentos. Fascinas y de qué manera, robas la calma, espantas el sueño, me instas a hacer atrevido, osado, desvergonzado, al límite mismo de mis preceptos, logras que poco a poco vaya lapidando estos muros imaginarios que a diario se nos imponen.

Paradigma que causa escozor pero que insta a caminar por estos derroteros inocuos, y me gusta este camino porque cada paso es angustiosamente nuevo, precipicios a lado y lado y trato de andar en línea recta para no caer en el eterno abismo del olvido, en lo fugaz, en lo efímero que piensas que soy, mi lucha diaria de convencerte que eres tesoro oculto, mi guerra mantenerme siempre locuaz para robarte esa sonrisa que solo tú y yo entendemos.

Me pides que tome el mando de este barco cuya vela es estimulada a raudales por lo desconocido, por la ávida curiosidad que asoma, por nuestras vidas planas, y en este mar que yo no conozco, y en estas aguas que no sé si escondan monstruos o bestias que se saciaran de manera voraz conmigo.

Mira al insolente que escribe esas letras que te causan fascinación espontánea y que entre líneas dice tanto, mírame, ¿qué tengo de nuevo?, más que una razón dislocada y finamente pulida por las bofetadas que la vida me ha dado para así tener como resultado lo que soy o lo que pretendo ser, un mortal soñador y demasiado perdido en el romanticismo que ya es efímero en estos días.

Mírame, producto de la vida misma, de la realidad que se me ha dado de manera aterradora a raudales, con la visión un poco más aguda, menos sometida a las curvas efímeras, aislado de los preceptos de belleza de nuestros días, mírame pretencioso y lleno de apetitos voraces por dibujar en ese lienzo que recubre tu humanidad exquisitamente armonizada con tu esencia.

Mírame pretendiendo hacerte esta lectura.

David Felipe Morales

11 de noviembre de 2012

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