Al Abuelo

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Van cayendo las hojas desgarradas por el temporal, gotas de lluvia se suicidan sobre los mangos que aún no maduran y el yerto abrazo del tiempo irrumpe trayendo consigo el murmullo de mejores tiempos.

La imagen del gato que se resguarda bajo el viejo árbol y el caballo que camina bajo la lluvia, y yo, ya no soy capaz de correr al lado, ni de espantar el espejismo de aquel felino.

Recuerdos vienen y van al vaivén de una hamaca que ha perdido el hedor a jornada, aparecen en el aire olores a tierra húmeda, a bestia mojada, y el susurro de risas pueriles emerge entre el sonido de gotas estrellándose en el viejo techo de zinc.

La gratitud por esa infancia que jamás volverá, compite con un presente colmado de lejanía. Un deseo casi imposible me apremia, y las siluetas de aquéllos que protagonizaron unas bodas de oro que quedó en mi memoria, me sacude desde el alma.

Miro mis pies sobre el duro e impávido asfalto, y del espíritu me llega un suspiro y el anhelo de sentir mis pies sumergidos en el fango virgen de donde brotaba maleza tras la lluvia.

Paredes que conservan recuerdos me hablan, ya no son las mismas flores ni los mismos árboles que abandonados por su cuidador, quedaron hace días; el reflejo de ella, su flor más cuidada, no es el mismo; su voz gruesa y su vigor para caminar no turban el silencio; el vaivén de su hamaca se ha detenido y la madeja de hilo ha dejado de desenrollarse.

A ella le escucho sus historias que transitan entre la realidad y su recuerdo, que con el pasar de los días ya no es fiel relato; se hace imposible contener la nostalgia que aprieta mi corazón; y es irresistible el querer sentir el olor a tamales, de su cocina impregnada de ese aroma tan suyo; de sus almidonadas e intrincadas creaciones que conmemoraron cada nuevo nacimiento.

Ya nada es igual, muchas cosas perdieron su esencia y el vacío se hace doloroso y evidente, porque era su palabra el entramado que mantenía aquel retrato de las bodas de oro unido.

Me quedan los recuerdos, las historias e imágenes que son tesoros, y personas que son reflejos fehacientes de esa historia que yace escrita en lo más profundo de mí ser.

Me queda sentarme en la mecedora ya desleída por el inclemente pasar del tiempo, recordar y evocar solitario y entre sollozos y alegrías, sentir el brillo eterno de esa sonrisa tan colmada de sabiduría.

Me queda abrazar a mi padre para sentir un poco de mi abuelo en él.

 

David Felipe Morales

9 de Marzo de 2016

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