SENSACIONES AÑEJAS. 

En voz baja leeré al viento epitafios de sensaciones que se hicieron necesarias de confesión a manera póstuma para liberar el alma.

Relatar un parafraseo, una oda sin propietario invadida de premisas que en vano intentaron relatar sensaciones innombrables, emanadas en la imágen suya cuando usted era mi opio, y mi alucinación se desencadenaba en una visión con su rostro. 

Era usted sol de mediodía, abrazador, acogedor hasta el hastío, casi omnipotente. Se liberaba esa sensación primera que infectaba pensamiento, letra y voz con el destello de su mirada. 

Un discurso, que sin riendas iba dejando ideas abandonadas en sus haberes, palabras castradas de razón, letras balbuceadas en desorden, -sin pretenciosa rima, sin congruencia-, manojo de confesiones inofensivas. 

Fue dueña de la explosión primera, esa marea que estimulara los sentidos, el primer café, la primera gota de vino, sensación única e irrepetible que no logré confinar en renglones, ni en palabras. 

Hay una conversación pendiente, un café frío y servido, hay una noche sin luna y un escrito sin musa, la deuda abierta de un beso entre los dos, hay pasado por recordar y presente por escribir.

David Felipe Morales 
11 de Mayo de 2015

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