​ECLIPSE.

Ella de nuevo aparece estremeciendo su mundo, espantando la calma que la rutina le concede, pintando de colores afables las auroras colmadas de soledad y frío. 

Ella, luna llena que satura momentáneamente el cielo de sus pensamientos, encarnando la inspiración de sensible manera, diseminando ilusión, cambiando el color de la tinta de sus escritos y huyendo cuando se termina la hoja. 
Ella lo deja inmóvil con la miranda hundida en el cielo buscándole entre estrellas, dejándole silente, taciturno, con la tinta a gotas y sin esperanza alguna que abrigar.
Él ignora el suspiro que en su oído se ha escapado, un nostálgico soplo para su alma, viejo libro cuya pasta fue desempolvada dejándole al descubierto, despojándole de lucidez, desnudándole, ahuyentándole. 
Tulipanes curiosos por el sol, muchedumbre expectante en su jardín, anhelando nada, temiendo todo; esperando ser enceguecidos por el odioso transcurrir del día y olvidar lo que consigo el ocaso trae.
Él, al caer la noche, pacientemente empuña una vez más su pluma e inmerso en ansiedades espera esa ráfaga que le sacude, prometiéndose esta vez dominar las palabras por las que ella volverá.
Y trascurren los días y vienen las noches, él aguarda, ella regresa, él desea, ella vuela, ambos ansían, ambos olvidan; y él nuevamente aguarda por el eclipse que tropiece sus miradas, sin importarle que a su paso ella deje todo en caos, los dos esperan el eclipse una vez más. 

David Felipe Morales 

9 de Junio de 2015

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