LO DEJADO ATRÁS DE LO SOÑADO.


El inclemente paso de los días comienza a dejar huella en el rostro y en el pensamiento, impone sobre los sueños infantiles una odiosa barrera que termina por someterlos al olvido.

El trasegar de madrugadas yertas, el ir y venir de cuestionamientos internos que en el atardecer se aglomeran como la gente en los paraderos, termina por desterrar el ensueño cuando la noche envuelve y Morfeo me llama a su abrazo.

En dónde esconderse de esos miedos, cómo cruzar las dunas en la que se han convertido mis metas, a quién recurrir en auxilio para detener este éxodo de sonrisas.

El cuerpo ya casi no responde, va cobrando los días vividos y tras las noches embalsamadas en estos ojos, siempre se queda en deuda con el reloj para escudriñar el alma en busca de respuestas.

Sigue sorprendiéndome la pasividad de la gente, de esa muchedumbre que asume su existencia a bocanadas sin siquiera saborear, sin disfrutar de lo alcanzado y de lo perdido.

Pienso por momentos que ojalá alguno de ellos me contagiara, de esa actitud, de ese padecimiento, de estos días que enceguecen, de esa cobardía que no permite discernir la rutina y que condena a vivir inmerso en afanes que no conducen a ninguna lado, a la espera de cada día sin detenerse a pensar de lo dejado atrás, de lo soñado.

David Felipe Morales 
3 de Julio de 2015

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