CLAUDICAR

Ya no sé cómo mantener tediosas conversaciones de la vida por horas tratando de ocultar obviedades, ya no sé cómo escuchar y compartir sueños de los cuales no seré protagonista; ya no sé por qué preguntar su menú de almuerzo, del clima, de cómo nos trata la vida; ya no me permito hablar de cosas triviales. 

Finalmente desistí de usted, de sus labios, del misterio que se fragua en esos ojos, desistí de lo que nunca será, de esos besos que en vano intenté sembrar entre semillas escondidas, entre comas y puntos seguidos que jamás germinaron ni se leyeron en un mismo idioma. 
Pero resulta que a pesar de desistir, de claudicar, siempre sentiré ese mórbido y agónico placer por saber de usted, de su vida, de sus penas y sus logros. 
Sepa usted que se convirtió eternamente en ese rosal que vi vecino en mi camino y en el cual logré tal fijación, tanto que le quise hacer propio, pero que muy a mi dolor nunca logré hacer prosperar en tierras propias, pero mi derrota no logra en nada disipar estas ganas de contemplarle así sea desde lejos, claudicado a ver florecer mis gustos en tierras ajenas. 
David Felipe Morales 

30 de Julio de 2015

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