CUANDO ABRO MIS OJOS.

Imagino que llegas a mi casa, llovizna afuera y tan pronto cruzas el umbral de mi puerta el temporal arrecia.

Nuestras miradas se cruzan como las del torero y el toro, estiro mi mano y seco las pocas gotas que se han posado en tu rostro, te tomo por la cintura y te halo hacia mí de manera violenta, queda tu espalda contra mi pecho y me acerco para saborear el perfume de tu cuello.

Afuera está cayendo el mundo, lo advertimos por el resplandor de los rayos y el sonido de los truenos.

Sientes en tu espalda mi agitado pecho, con mis dedos acaricio tu ombligo buscando colarse por entre tus húmedas ropas, suelto un botón de tu pantalón y tratas de detenerme pero sé que lo quieres.

Subo mi mano y en tu vientre siento el aleteo de las mariposas que haz secuestrado, y sigo mi expedición entrometiéndome por tu brasier, en donde encuentro tu corazón agitado como corcel que no aguanta su silla.

Suavemente pellizco tus pezones duros que no se si es por frío o por excitación, quieres girarte y tenerme de frente, quizás para ver mi rostro, pero no te lo permito, me quedo besando tu cuello, paseando mi lengua detrás de tu oído, mientras mi dedo se queda dando vueltas jugando en tu ombligo.

Luego entrelazo mis manos en tu cabello, que bien huele; quiero seguir, la ansiedad me arrebata calma, pero me tomo mi tiempo, para que quede grabado cuadro por cuadro en mi memoria esta lectura en braille que le hago a tu cuerpo.

Muerdo tu oreja y me quedo prendado al dulce sabor de tu lóbulo, pensarás que trato de doblegarte pero soy yo quien lucha conmigo mismo, para no caer en el tosco instinto que de adentro me posee.

Mi mente está en blanco como afuera de casa y otro botón ha perdido su amarre, siento el borde del encaje de tu tanga y me viene esa sensación de estar en la entrada del paraíso.

Mi mano se escapa y prefiero hasta donde me permite esa postura, recorrer tu pierna dura y rígida, tiemblas y el ardor de tu cuerpo ya casi ha secado tu ropa mojada por la lluvia, dando paso a la humedad que delata tu ansiedad; la tempestad no mengua afuera y yo con los ojos cerrados hago un temporal de besos que se tatúan con mis labios en tu cuello.

Finalmente sucumbo y te doy vuelta, te miró a los ojos y mis fuerzas se esfuman ante esa mirada penetrante que desbarata toda mi estrategia, mis besos se hacen famélicos y ya no manejo mis instintos, mis manos caen, mis armas depuestas, mis labios ya secos y ahora estoy en tu juego, en tu universo.

Entonces abro mis ojos y ni llueve, ni tampoco estás.

David Felipe Morales
4 de Agosto de 2015

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