ANAGRAMA.

Al igual que las rosas que prosperan sin importar el inclemente clima, como un árbol encerrado tras las bardas en un jardín abandonado y que de sus entrañas entrega las frutas que nadie comerá, como mariposas que bajo la lluvia aletean, como el arroyo que no mengua su caudal aun cuando su cauce le lleve a lo recóndito, así, de esa misma irracional manera, a mí no me queda más que amarle.

Amarle en alianza con un ingenuo corazón que se liberó con esos besos, en compañía de esa alma que del letargo se despertó con sus palabras, en el mismo recinto aislado donde mora un espíritu que sedujo cada una de sus caricias, convivo atento para recoger cada mirada que de sus ojos sobre mí caiga.

Amarle y convertirme en el caudillo de sus sonrisas, el promotor de sus arritmias, el expedicionario de sus premuras, el invasor de sus penas, con quien se confiesan sus ilusiones, quien libere sus sonrisas nerviosas, busco tatuarme más allá de su piel, trato de tener cada día un encanto que le de paz.

Y entonces no me queda más que amarle y al unísono de esa premisa, vivir en función del encanto, de la atracción, del embeleso de la primera vez, porque al amarle, me descubro y lo que encuentro, me hace querer perdurar.

David Felipe Morales
17 de Agosto de 2015

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