INCONFESADO

Y cuando la noche se vuelve un eterno túnel, donde hacen eco los pensamientos, no puedo evitar pensar en esa rosa que se marchitó en mi mano, en las palabras no confesadas, en las miradas que se perdieron en el bosque del silencio.

La caída de un ángel, el amanecer de la flor sin pétalos, los jardines sobre las tumbas y el indiferente y rígido abrazo de la realidad, vinieron a mí como brisa que antecede la oscuridad noctámbula, vinieron a mí como amanecer en resaca, cuando quien deseé amar me nombró amigo.

Y es que habría dado mis letras por rosar esa mejilla o hubiera podido esparcir las sensaciones recogidas en un beso sobre interminables hojas, haciéndome merecedor a una apacible condena.

Cobardía, derrota y ambigüedad que emerge cuando el temor de la lejanía doblega, angustia y desazón, rosales sublimes ofrendados en coronas sobre un sarcófago que se hospeda en medio de una sala de velación.

Me queda la lejanía, sentarme y ser espectador de una historia que siempre escribí en mi mente. Queda en mi bolsillo la mariposa que extirpé siendo crisálida de mi alma; y en mi mano, la rosa enardecida que jamás le entregué y que podré poner sobre la tumba que se hospeda en el túnel, en el profundo túnel de lo inconfesado.

David Felipe Morales
22 de Agosto de 2015

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