EN EL LAGO DE LA VIDA.

Es un lago como la vida me viene, como la veo, un lago que sus aguas de a pocos bebo, vaso a vaso cada día; y sabes, las serenas aguas de aquel lago suelen tomar sabores distintos en mi paladar cuando en él te reflejas.

Cambia el sabor del primer café, el aroma de la mañana, el sonido indistinto de esta ciudad que amenaza en cada amanecer con sepultarme en vida.

Cambia el sabor de sus aguas aquel lago donde abrevo mis palabras, donde convergen recuerdos, vivencias y angustias, para tornarse en almíbar lo que ayer fuera hiel.

Aparece tu rostro, mimetizado entre las suaves olas y deja de destellar la menguada luna en sus aguas impávidas, para reflejarse ese sol que se posa en tu mirada, ese brillo de atardecer que hay en tu sonrisa, esa brisa que viene siempre entre tus palabras.

Del sabor neutro, del cotidiano, saboreo ahora dulces gotas que se hacen notas en mi garganta, y se torna en rareza, en ambigua sensación de sentir que en las aguas de aquel lago lavas tu rostro, como si esas aguas acariciaran tu piel desnuda.

Y cómo no beber de a dos copas cada día, cómo no embriagarme de ti con cada gota, si eso es lo que la felicidad me trae, cómo no sumergirme en mi propia vida, en aquel lago, si en el fondo y tras los reflejos de recuerdos, vivencias y angustias estas tú y esa promesa de un mañana.

David Felipe Morales
Septiembre 19 de 2015

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