DESGAJADA LA ROSA.

Y al pasar tantas lunas, cuando el abandono sin previo aviso irrumpe y el olvido se torna en libertad, se van deshaciendo los pasmosos pétalos que adornasen con su escarlata los pensamientos.

Ruedan pétalos enmohecidos como suspiros sin dueño, en las aguas temerosas de aquel pequeño riachuelo, que a la merced de la extinción aún se aferran a la vida.

El color de sus ojos ya se ha borrado de la memoria, sus labios son peregrinos de mis sueños que a este planeta no pertenecen.

De vez en vez, cuando arremete la oscuridad y se logra sentir el silencio, con el me viene una brisa plagada de recuerdo, una frágil evocación que no pasma ni lastima.

La reminiscencia se forja como una llave que abre el candado de la cripta en donde se resguarda el alma que no olvida, y a pesar de abrir sus puertas de par en par, tan solo se liberan una sonrisa y una lágrima que suele secarse antes de brotar.

Una seguidilla de vestigios, promesas rotas que ya no pesan, fluctúan libres en el aire y se mezclan como fantasmas con el humo del cigarrillo que se mantiene en la habitación, me abraza entonces un equilibrio sin avisar, una tranquilidad que depura lo malo, para plasmar sólo aquello que de recordar merece.

Desgajada la rosa, después del ocaso de su fulgor, queda sólo el recuerdo del carmesí de sus pétalos.

David Felipe Morales
30 de Septiembre 2015

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