EL PERFUME

Yo aquí, buscando excusas para mirarla, preso del sortilegio que me viene desde su cuello. Aquí, viendo pasar el tiempo a cuentagotas, mientras sostengo la sombra de una rosa en una mano y las cenizas de una carta en la otra.

Yo aquí, como el sol que huye de la noche, escondiéndome de los miedos, de esos temores que suelen disfrazarse y colarse entre mis múltiples aversiones, para así lograr llevar mi mente a la neblina, para pensarla en paz y así lograr fijarme en exceso en esa belleza, como en el placer que en la soledad tiene el silencio.

¡Ay¡ de la perdición que flora cuando pernocta mi pensamiento en sus labios, en esos besos ya conocidos y tan lejanos, de vez en cuando cruzo las líneas, los límites, y me atrevo, me adentro en el laberinto cuya puerta emerge en esa mirada, en esos ojos.

El vino mas denso como la misma sangre, la noche más oscura, la caricia que trasciende la piel para corromper la carne y el perfume, ese malévolo olor que eriza los sentidos y corrompe los pensamientos y terminan por someter la razón.

Más tiempo quisiera aunque este se colmara de silencio, de afonía y miradas que como dagas se incrusten hasta el alma, sin palabras precisas ni adecuadas en ese momento, pero perdido en la estela de ese perfume que se torna en maldito, embriagado en ese aroma que emana de su cuello.

David Felipe Morales
17 de noviembre de 2015

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