Qué puedo decir que ya no dijera

Qué puedo decir que ya no dijera, liberé de mi estómago las mariposas que revoloteaban inquietas, cada vez que en mi pensamiento el color carmesí de esos labios tropezaba con algún anhelo.

Qué puedo ofrendar que ya de mis manos no saliera; mi rosal, el jardín de letras que tanto velaba, ahora yace desierto y trasplantado a sus manos. Ya no florecen lindas palabras, sólo lamentos plagados de desidia, de desdén.

Qué puedo sentir, si la noche sin estrellas fraguó un lamento y todas las luciérnagas se hicieron parte de su mirada, la luna se perdió en esa sonrisa, en esa que quise robarme un día y se me esfumó de repente.

Acudí al silencio, a la lejanía, a la sinceridad en exceso hasta quedar desnudo y sin armadura alguna; con todo eso, aún cautivo del desespero por encontrar salida a este laberinto que termine en una caricia.

Y qué puedo decir, o qué puedo liberar de mi alma que no hubiese hecho ya, o ya para qué hacerme el necio y dejar mal cerrada la puerta del espíritu, si nunca entrarás; si me custodian como en un sueño el imposible de esos adorables labios, la lejanía de esas caricias y cuando la niebla del amanecer envuelva con su manto helado, igual yo estaré expectante y quizás con el anhelo enmohecido pero no muerto.

Qué puedo decir que ya no dijera.

David Felipe Morales
27 de Diciembre de 2015

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